'Cuirio' Santoyo: los ídolos también son leoneses

Por Jorge Ramos Pérez | Foto: Especial

Héctor “Cuirio” Santoyo es un hombre de barrio. Es originario de la calle Coahuila, en la colonia Bellavista de León, Guanajuato, donde la vida no vale nada. Surgido de un entorno completamente humilde, el Cuirio se aferró a su calidad en la cancha para escapar de su realidad, para ser uno de los mejores defensores de México, para jugar en dos de los mejores equipos de su tiempo, y para llegar a cuatro finales.

Pero el barrio nunca sale de uno, y para que no olvidara su naturaleza humilde, el destino se encargó de que perdiera las cuatro finales, de que consumiera todo el dinero que ganó, de que se le destrozara la rodilla derecha, y de salvar su vida.

Ahora, a sus 64 años, el mismo hombre que conquistó el Nou Camp y el Jalisco camina lentamente por las calles de León, asolado por las rodillas y los ligamentos que dejó en todas las canchas de futbol del país, y levanta la cara con orgullo al comenzar a recordar su historia.

“Fuimos once hermanos. Imagínate, once hermanos, si ahora en estos tiempos con dos o tres batallan, ahora con once. Entonces sí batallamos mucho en cuanto a lo económico, pero tiene mucho que ver el destino, Dios, lo que le ponga uno de ganas”.

Foto: Carlos Márquez

Obviamente, el camino del futbol de un niño de barrio no pasa por escuelas, sino por canchas de barro, equipos improvisados y las ligas del llano, donde logró destacar lo suficiente para llamar la atención de Agustín “Peterete” Santillán, presumiblemente el mejor ojeador que ha tenido el Club León en su historia.

“En los llanos es donde se ven todos los muchachos, los chiquillos. En este caso, el “Peterete” Santillán era el que andaba viendo a ver a quien escogía. Entre tantos, a mí me tocó la suerte que me escogió para el Cachorros, y de ahí a las Reservas y al primer equipo”.

Su calidad le alcanzó para llegar al Club León y debutar a los 18 años, pero recuerda que, al igual que ahora, era muy difícil que los técnicos confiaran en los jóvenes, y preferían apostarle a la experiencia. Ahora, no entiende por qué hay más escuelas, más niños entregados al futbol, pero menos jugadores en el primer equipo esmeralda.

“Hacen falta, y no es que no haya aquí material humano, sí hay, pero no sé, como que algo tenía ese señor, el “Peterete”, porque era el único que buscaba jugadores y salimos muchos, muchísimos: “Chepe”, Guillén, el “Perla”, el “Chupón”, el “Churpias”, entre tantos, y ahora yo escucho que hay profesores en todos lados, y no sale nadie, entonces algo anda mal ahí, porque material humano hay”.

Además, está seguro que si hubiera más leoneses en el primer equipo, el sentimiento de identidad con el pueblo esmeralda sería aún mayor.

'Cuirio' Santoyo en un entrenamiento. Foto: Club León

“Se siente más bonito. Yo mismo, si mirara gente de aquí de León, como que lo llama a uno, es como la familia, todo llama. Pero sí, porque viene gente de otro lado y no, al menos yo no siento nada”.

Tras llegar al primer equipo, el Cuirio demostró que tenía el futbol para no desentonar en un cuadro de época, y fue la pareja en la central del que sería su mentor, el argentino Rafael Albretch, mientras que también compartió vestidor con hombres históricos como Darío Miranda, Luis Estrada, Roberto Salomone o Jorge Davino.

Pero junto a estos jugadores consagrados, aparecerían no solo el Cuirio, sino también Manuel Guillén y Rafael “Chepe” Chávez, una tripleta de leoneses que fueron, en palabras del Cuirio, los mejores futbolistas que ha dado esta ciudad.

“Pues ahí está, bien claro, nacidos aquí, está bien clarito. Hay otros dos o tres que estuvieron cerca, como el “Chupón” Rodríguez, el “Pollo” Venegas, Marcos Flores, estuvieron cerca, pero la verdad, como la calidad del “Chepe” (menos del Chepe), lo de Guillén y lo mío, no pues no”.

Esta base de deportistas que derrochaban talento con el balón parecía destinada a darle un campeonato al Club León, pero la historia fue diferente. Jugaron dos finales, una ante el Cruz Azul y otra ante el Toluca, y perdieron las dos.

El 'Cuirio' Santoyo en la final contra Cruz Azul. Foto: reinoazul09.blogspot.mx

Para el Cuirio, esos títulos fueron definidos por circunstancias extraordinarias que afectaron directamente al equipo esmeralda. Primero, ante Cruz Azul, se lesionó Darío Miranda, y eso condenó el partido.

“Me acuerdo la primera final contra Cruz Azul, empatamos aquí, empatamos en México, fuimos a Puebla (en Puebla se jugó el partido de desempate), les íbamos ganando uno a cero, ya para entonces ya no estaba Darío Miranda. ¿Cómo es posible que en todo el campeonato no se lesionó, y en un partido de esos tres, ahí sí se fractura? Y Darío no por nada pero sí era un porterazo. Yo me acuerdo que entró Jaramillo a sustituirlo y ya era el segundo tiempo y todavía estaba temblando”
Después, ante Toluca, se jugaba un cuadrangular entre los cuatro mejores equipos de la temporada, y nuevamente se quedaron en segundo puesto.

“Después con Toluca, también estuvimos bien todo el campeonato, osea que no llegamos de casualidad. Se juega el torneo ese de cuatro, y nos toca jugar aquí León vs. Unión, y yo he pensado que ahí fue donde perdimos nosotros el campeonato, porque se disputan cuatro puntos, y de esos cuatro nos gana tres el Unión. Ya después tuvimos una chancita pero pasó eso del autogol”.

“Eso del autogol” es tal vez la jugada que más haya marcado al Cuirio. Era el penúltimo partido del cuadrangular, y se enfrentaban al Toluca en el Estado de México. En un centro de los Diablos, desesperado por interceptar el balón, el Cuirio salta junto a Italo Estupiñan, pero el balón le pega en la espalda y se mete en el arco esmeralda.

Ahí se le fue el título a la Fiera.

“Futbolísticamente no nos superaron, fueron circunstancias. Porque en ningún momento en la cancha nos borraron, sino que esas circunstancias, que yo creo que si las hubieran mandado a hacer, no se dan. Eso de que el Unión nos haya ganado tres puntos, yo creo que fue lo único que hicieron en su carrera, y lo del Toluca del autogol”.

Foto: reinoazul09.blogspot.mx

Así, el título se le negaba por segunda ocasión, pero su nivel fue el suficiente para que vinieran los Leones Negros de la U de G y se lo llevaran a Guadalajara, a un equipo que se formaba con la intención de asaltar la liga mexicana.

Con ese equipo también histórico, y acompañado un poco después por el “Chepe” Chávez y Manuel Guillén, alcanzaría dos finales, pero nuevamente falló y no pudo lograr el campeonato.

“¿O seré yo el que no estaba para ser campeón? Porque fui a la Universidad de Guadalajara y también perdí dos finales, una contra América y una contra Pumas, y también la misma, la U de G era superior futbolísticamente, pero hubo circunstancias o errores y me quedé en segundo. Cuatro veces quedé en segundo”.

Para ese entonces, Héctor Santoyo era ya un habitual de la Selección Mexicana, aunque acepta que en un principio, su convocatoria lo tomó por sorpresa.

“De la selección yo no la creía, porque yo nunca pensé. Una vez entrenando aquí, me empezaron a felicitar, y no era mi cumpleaños ni nada, y luego me dice Carbajal:

“Ve a la oficina y ahí te van a dar un papel donde dice que te tienes que presentar”, pero no la creía, pensé que me estaban cotorreando. La creí hasta que fui a comprar el periódico Esto, y ahí miré y me la creí, pero todavía me preguntaba si no se habrían equivocado”.

Y es que la sorpresa era entendible, pues sería compañero de lo mejor que el futbol mexicano tenía en ese entonces, y los nombres, todavía hoy, imponen.

Foto: Fernando Rangel Santacruz

“Porque antes, te imaginas, en la selección estaban el “Halcón” Peña, el “Campeón” Hernández, el “Kaliman” Guzmán, Enrique Borja, Manuel Lapuente, ¿y yo con ellos? ¿Después de que los había visto en el mundial?”.

Pero así fue. Compartió vestidor con ellos, y fue una más de las estrellas de la liga. Pero esto no fue para siempre y comenzó la decadencia. Su nivel comenzó a bajar, y la U de G decidió prestarlo a la Unión de Curtidores, de vuelta a León, para ver si podía retomar su nivel. Al final pasó lo contrario.

“Vine a préstamo con opción a compra, pero no se hizo la opción. La verdad fue por lo mismo, yo seguía con la fama, y llego un momento que aquí dijeron: “Mejor no, regrésalo”, y el préstamo se quedó nomás en préstamo. Pero fue por eso, muy descuidado, traía cuatro o cinco kilos de más”.

En su tiempo, tras cerrar el contrato con la U de G, disfrutó de los lujos y los excesos. Pudo probar lo que es la abundancia, y se entregó por completo a ella. Hasta que la fuerza de su destino lo tiró de regreso, al barrio, a donde pertenecía.

“Es bonito tener lujos. Un buen carro, una casa de dos pisos, cosa que no tenía aquí en León, y allá sueldo y todo. Pero el dinero si no lo sabe uno manejar, te mete en problemas. El dinero es malo, es peligroso, a mí me hace daño, hasta la fecha me hace daño, en ocasiones, no sé por qué, traigo dos mil o tres mil pesos en la bolsa, y nomás ando pensando a ver que, y a ver que. Y en cambio no traigo más que diez o veinte pesos y ando pero bien en paz”.

Luego de tantos años en primera división, el cuerpo lo resintió, y le tronó la rodilla derecha, donde se le destrozaron sin tregua los meniscos y los ligamentos. Pero después descubriría que no fue esto lo que lo retiró del futbol, sino que fue algo más banal y humano: una simple plegaria.

“Después, con el tiempo y confianza, mi mamá me dijo: “¿Sabes qué hijo? Yo le pedí a Dios que te quitara eso”. Para empezar por la tomadera, porque sobran amistades, amigos, todo sobra, tuve varios problemas, y mi mamá me dijo: “Yo le pedí a Dios que te quitara eso porque yo ya solo esperaba que algún día vinieran para que fuera a recogerte”.

No fue así. Héctor Santoyo sigue firme, constante y orgulloso de su vida, pero humilde en su actitud. Al verlo caminar por la calle, solo las rodillas desviadas le delatan el pasado de gloria que tuvo en los campos de futbol, y que ahora son solo anécdotas que reviven en la memoria.

Tras agotarse el futbol, montó negocios que murieron sin pena ni gloria, y el barrio lo llamó de vuelta. Probó con distintos oficios, y hoy trabaja en el Club Loyola, donde se mantiene ocupado y sin rencores.

Foto: Fernando Rangel Santacruz

“Estoy bien, haciéndole la lucha. Me gusta trabajar, y trabajo, no le tengo miedo a nada”.

Y en las tardes calurosas del Bajío, cuando entre la comida y la cena lo sorprenden la melancolía y los recuerdos; cuando se ve a sí mismo saltando al lado de Estupiñan en la búsqueda de un balón maldito; cuando se rememora en Puebla maldiciendo al destino por lesionar a Darío Miranda; cuando reniega de las cuatro finales perdidas; es ahí cuando esboza una sonrisa y manda al carajo toda la frustración y la impotencia.

“Si así sucedió, así es. Yo así pienso”.

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