Casi un año sin liguilla

Por Jorge Ramos Pérez | Foto: Especial

El Club León tenía una sola misión, un solo camino a seguir en su visita al Atlas: debían ganar para mantener una leve esperanza de alcanzar la liguilla. El León se jugaba la vida en el Jalisco y la hinchada esmeralda esperaba que su equipo por lo menos mostrara orgullo y entrega en la cancha, que salieran a morirse en la última batalla por la supervivencia, y que avasallaran a uno de los peores equipos de la temporada, que ya está eliminado, y que tiene la peor ofensiva de toda la liga.

Pues nada de esto ocurrió en Guadalajara, donde los Verdes dieron una de sus presentaciones, más decepcionantes de todo el torneo. Sin ambición ni intención de ofender a su rival, terminaron por sacar un desabrido empate a ceros ante un rival que inclusive acabó con un hombre menos.

Y es que este Club León simplemente es incapaz de generar futbol. Sin desbordes por las bandas ni pases venenosos entre líneas, hombres como Yairo Moreno, Mauro Boselli, Luis Montes o Juan José Calero son incapaces de crear jugadas de peligro. Tanto fue así que el hombre más peligroso de la Fiera hasta la expulsión al minuto 65’ había sido el contención Iván Rodríguez, que tuvo un par de remates de peligro al subir desde el medio campo.

Con la expulsión y los ingresos de Jorge Díaz Price y Walter González, los Verdes mostraron un poco más de ímpetu, pero no fue suficiente para encontrar el gol y una victoria que, de cualquier modo, hubiera sido inmerecida.

Al sumar un punto, el León todavía mantiene una mínima opción de clasificar a la liguilla, aunque necesita ganar sus últimos dos encuentros, que Pachuca, Morelia y Querétaro pierdan sus dos partidos, y que Puebla no gane sus últimos juegos, un escenario demasiado improbable.

De cualquier manera, el futuro del Club León apunta ya al Clausura 2019, y a una revolución en cuanto al estilo de juego que vuelva a ilusionar a todo su pueblo. Ante el Atlas, los Esmeraldas mostraron su rostro más indiferente, sin garra ni pasión, una cara que se volvió habitual en los tiempos de Gustavo Díaz, y que ahora regresa con Ignacio Ambriz en el banquillo.

Al terminar el partido, al mismo tiempo que cuando el árbitro pitaba el final, un fanático decepcionado miró a la pantalla del televisor y expresó con impotencia la sensación que le dejaron los noventa minutos del equipo de su corazón, y que resume perfectamente todo el año de los Verdiblancos: “Gris, gris, gris, gris…”.

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