La expiación del Guardia

No fue el gol en el último minuto. No fue el empate ante el equipo más caro de México. No fue el hecho de salvar el mal partido que había hecho el Club León en Monterrey. Lo que salvó a Andrés Mosquera de la guillotina del aficionado esmeralda fue un detalle mínimo pero fundamental.

Fueron las lágrimas. Porque en el momento de total alegría, cuando por fin todo le salió bien y su esfuerzo fue recompensado, le brotaron un par de gotas de agua salada de los ojos, por el coraje, por el orgullo de saber que algo estaba mal, pero que siempre puedes volver a levantarte.

Andrés Mosquera lo ha hecho. Desde Colombia, cuando era uno de los hombres más importantes del Deportivo Independiente de Medellín, y se rumoraba su salida cada seis meses, y aunque él se sentía listo para probarse en otro futbol, vio varias veces como se le cerraban las puertas.

Pero siempre respondió en la cancha, y cuando el Club León fue a por él a mediados del 2017, el DIM poco pudo hacer para retenerlo. En el Bajío su llegada traía muchas dudas. El equipo de Javier Torrente no levantaba, y Mosquera llegaba ya con el torneo en marcha, con dos jornadas ya disputadas, y prácticamente como un desconocido.

Y ahí, cuando más se le necesitaba, respondió. Casi sin periodo de adaptación, debutó en la jornada 3 del Apertura 2017, y para la siguiente fecha ya era titular. Y desde ese momento se mantuvo como un inamovible en el cuadro esmeralda, sumó 43 partidos consecutivos como titular y jugando los 90 minutos completos, hasta que las rotaciones de Ignacio Ambriz y una fractura en su nariz le costaron la titularidad.

Además, si en sus primeros torneos se había convertido en uno de los pilares más importantes de la central de la Fiera, en el pasado Apertura 2018 su figura comenzó a flaquear, y mientras el equipo se convertía en una de las peores defensas de todo el campeonato con 23 goles en contra, Mosquera y su compatriota William Tesillo eran señalados por su bajo desempeño.

Ahora, en busca de una revancha en este Clausura 2019, Mosquera había comenzado con el pie izquierdo al regalar un penal que significó el empate de Tigres en la primera jornada, y ahora, ante Monterrey, nuevamente un descuido suyo había provocado un nuevo penal y el primer gol de los Rayados.

Así que en vez de dejarse caer por dos errores consecutivos, Andrés Mosquera sacó pecho, canalizó su orgullo y su coraje y se metió en el área en los últimos instantes del partido. Sabía que solo tendría una oportunidad, y por eso cuando le cayó el balón en el área chica, lo remató con toda su alma. Y debe haber sentido que su corazón se rompía cuando vio que su disparo fue al poste, pero se volvió a unir cuando la pelota cruzó lentamente la linea de gol en el rebote.

Y ahí, consciente de que el gol significaba el empate y la expiación, se levantó por enésima vez con los brazos abiertos, corrió con las lágrimas en los ojos y ya sin voz por el grito de su vida, y celebró su redención inmediata.

Ahora, debe mantener su nivel, volver a ser el bastión inexpugnable que lidera la defensa esmeralda, y demostrar que los malos días están en el pasado. Y dejar que ese sentimiento, el que le provocó el llanto en el césped de Monterrey, lo invada completamente, porque es el mismo que sienten los fanáticos de toda la vida, los verdiblancos irracionales que han acompañado al Esmeralda a través de las décadas, que lloraron igualmente los descensos y los campeonatos, y que hoy están de nuevo junto al equipo, en las gradas de un Nou Camp moribundo, y que sufren con un equipo que saben que puede dar para más. #DaleLeón

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