¿La casa no pesó?

Jorge Ramos Pérez | Foto: Especial

Fue una escena dolorosa. Miles de aficionados auriazules explotaron en los últimos segundos del encuentro y no hubo poder humano que pudiera callarlos. “Y ya lo ves -gritaban con enjundia- somos locales otra vez”. Y no hubo argumentos para contradecirlos.

El sábado pasado el Nou Camp vio cómo sus tribunas se atestaron de aficionados visitantes, algo que se ha convertido en algo cotidiano cuando juegan en León equipos de convocatoria nacional como Cruz Azul, América o Chivas, y que se ha vuelto más notorio en las últimas temporadas.

No es algo anormal. Pasa lo mismo en casi todas las plazas del país, y puede ser hasta comprensible.

Mientras que los fieles esmeraldas acuden en procesión religiosa cada quince días al Nou Camp, sin importar rivales o costos, los aficionados azules, cremas o chivas solo asisten una vez al año. Dos, si es que toca un encuentro en liguilla o en copa, por lo que buscan aprovechar la oportunidad.

Pero ese no es el verdadero problema. El hecho que termina por agravar la gran presencia de la afición visitante en el Glorioso es que el Nou Camp simplemente ya no pesa como antaño. Se nota en los tiempos muertos de los partidos, en la apatía que flota en el aire, en el silencio que domina el ambiente y que tímidamente rompen los esfuerzos de Los de Arriba, abandonados por el resto de la hinchada, que prefiere dejarles el trabajo de alentar.

Antes, el estadio ganaba partidos. La tribuna levantaba los ánimos de sus jugadores y si alguno no tenía su mejor noche, bastaba con que le diera un vistazo a la puerta 5 para recordar que en ese momento ya no era él, sino que representaba a una ciudad completa.

Ahora, la afición ya no prende al futbolista, sino que es el jugador el que tiene que encender a la fanaticada.

Porque todavía no olvida su pasión. Basta recordar la noche mágica contra los Tigres la temporada pasada, o el gran ambiente que se formó en el duelo previo, en la copa ante Morelia, cuando la fiesta se apoderó del Glorioso.

Los papeles se han intercambiado, y ahora les toca a los jugadores levantar a la tribuna. Se notaba ese mismo sábado ante los Pumas: un gol a favor habría despertado a los enfermos esmeraldas y hubiera cimbrado al Nou Camp. Pero el gol nunca cayó, o cayó del lado contrario.

Tal vez la directiva pueda atenuar la situación. Podrían limitar el boletaje a los visitantes. Podrían utilizar como contraseñas boletos de juegos pasados para asegurar una mayoría esmeralda en partidos importantes. Podrían beneficiar a los abonados para que puedan comprar más boletos además del personal.

Son varias propuestas que podrían disminuir la presencia “extranjera” en las gradas leonesas. Pero al final la tarea de alentar queda en los propios aficionados. Nosotros que asistimos semana a semana a apoyar y que tal vez hemos dejado de vibrar, de gritar, de hacernos sentir. Hemos dejado de vivir el futbol como lo hacíamos en el ascenso, donde todo era visceral y no había lugar para las medias tintas.

Ya hundimos dos veces las manos en el pantano de la “B” para sacar a nuestro equipo del infierno, y ahora nos espera una nueva tarea, menos heroica pero más digna. Debemos recuperar, hasta que la garganta nos quede seca, la localía en nuestro Nou Camp.

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